Mirando por internet encontré un artículo muy intersante relacionado con el curriculum de la matemática en la educación primaria, la enseñanza impersonal de ésta, y el recurso de los libros de texto en dicha asignatura:
La educación matemática es muy importante para todos. Pero, siendo así, ¿a qué se debe el fracaso y el rechazo, por parte de los educandos y los educadores? ¿Cuáles son los hilos con los cuales comenzar a tejer?
La perspectiva cultural propuesta por Alan Bishop parece ofrecer un buen punto de partida, nos detendremos, únicamente, en lo que este autor considera son tres cuestiones fundamentales: el currículum de la matemática en la educación primaria, la “enseñanza impersonal” y el recurso de los libros de texto.
El currículum de la matemática que durante años ha prevalecido en muchos países influidos por la cultura occidental ha estado fuertemente orientado hacia la técnica, es decir, a la adquisición de procedimientos, métodos, habilidades, reglas, y algoritmos donde “la práctica hace la perfección”. Un currículum de esta naturaleza presenta a la matemática como una materia en la que lo importante es “hacer” y no, pensar, reflexionar. De esta manera, la matemática no es vista como una forma de conocer, de aprender sino, ante todo, de “adoptar el procedimiento adecuado”, de “usar el método correcto de solución”, de “seguir las reglas y obtener la respuesta correcta”, es decir, “ejecutar la técnica”. Un currículum orientado de esta manera no permite que el estudiante desarrolle una postura crítica y, por lo tanto, no es, como tal, educativo; tan sólo entrena. No se quiere decir con esto que en el cumplimiento del mismo no sea necesario pensar, sino que es una forma de pensar muy restringida y limitada que -agregamos nosotros- al distorsionar y hacer perder de vista la importancia y utilidad del pensamiento matemático, ocasiona la pérdida de sentido a quienes participan en su enseñanza y aprendizaje.
Una segunda característica de la matemática en la escuela es, según este autor, lo que él llama el “aprendizaje impersonal”, es decir, la idea de que el aprendizaje que cada alumno debe realizar es independiente de la persona del aprendiz. Esto es algo propio del sistema de educación matemática que, lógicamente, no está desvinculado del punto anterior. Lo importante es que el alumno aprenda lo que establece el currículum, por lo que ha de aprender ciertas verdades matemáticas que son las que aquél indica. Así las cosas, en estas clases de matemática no interesan los puntos de vista, las opiniones, ni los sentidos personales -esto es, “las conexiones que hacemos entre las ideas, (de las cuales) sólo algunas serán los sentidos y las conexiones matemáticas acordadas, compartidas y ‘oficiales’ “- que el alumno traiga a la situación como vivencias matemáticas del contexto cotidiano.Mucho menos importa el tipo de persona que el aprendiz es, ni su estilo de aprendizaje, si es alguien que se apoya en su memoria visual o si prefiere recorrer los caminos de la lógica.
Relacionado con el currículum y con la enseñanza impersonal, se halla el tercer aspecto: la enseñanza centrada en el libro de texto. Es éste un punto en el que se ha insistido mucho desde diversas instancias educativas: el libro de texto ha de servir de guía para “abordar una propuesta de trabajo en el aula. Sin embargo, es el maestro el encargado de traducir una propuesta en acción y es el alumno quien trabajará concretamente con el material indicado”.El libro de texto no debe convetirse nunca en una “biblia” que controle tanto al maestro como al alumno limitando su creatividad en la construcción de sus propias actividades y propuestas. En cuanto al estudiante, debemos tener claro que ningún libro de texto por sí solo es educativo: éste debe ir acompañado de un ambiente humano cálido, intelectualmente estimulante y que lo involucre, y de un maestro formado en la claridad de los objetivos educativos que persigue.
Una vez expuestas algunas de las características que adopta la enseñanza de la matemática en la cultura occidental, podremos retomar el hilo inicial de estas reflexiones. ¿Cómo tender el puente entre lo que parece ser un discurso rígido de verdades objetivas y lo que sucede al interior de cualquier salón de clases (de tipo occidental) en el que los aprendices son niños? ¿Cómo hacer más vivencial, más humano y, en definitiva, más educativo, el aprendizaje de la matemática?
La respuesta no es única, ni universal, pues cada maestro ha de construir sus “puentes” apoyado en su experiencia -y en la de otros-, en las propuestas -propias y de otros-, y en los materiales que tiene a su alcance; ya que, como decíamos al principio -y tampoco es novedad- no hay dos maestros ni dos niños iguales, y cada uno -sea docente o alumno- es un creador de sentidos que trae a la situación educativa una dimensión personal: “desde su familia, desde su historia, desde la cultura del hogar” y la de la comunidad. Todo lo cual, los hará participar en una experiencia educativa matemática que será, también, muy particular.